Una perla editorial buscada con entusiasmo micológico en la Feria del Libro de Madrid ha sido «La clave de Birmingham» (prologada por el divulgador científico Javier Cacho), que ya he devorado con ansia viva. Es la continuación de «El mensaje Darwin» (prologada por el escritor Javier Sierra, Premio Planeta 2017), la anterior incursión en la literatura fantástica del eximio profesor y reputado científico Jesús Martínez Frías, con el que hace un lustro tuve el privilegio de compartir un mano a mano en el Colegio de Geólogos dando sendas conferencias sobre la conquista de Marte y la exploración y explotación de sus recursos, lo que para mí fue un reto y un honor.

La trayectoria profesional de Martínez Frías marea hasta a los pilotos acrobáticos más audaces. Entre otros florilegios curriculares, es doctor en ciencias geológicas, experto en geología planetaria y astrobiología, jefe de investigación de meteoritos y geociencias planetarias del CSIC y presidente de la Red Española de Planetología.

Como guinda, es una eminencia en las misiones actuales de la NASA en Marte, un referente de nivel en la radio y la televisión, colaborador de publicaciones científicas como las prestigiosas revistas «Science» y «Nature» y experto adiestrador de astronautas. Tanto es su magisterio que en el mundo de la Ciencia goza de un prestigio de león.

«La clave de Birmingham» es su última publicación y fue presentada en el Planetario de Madrid en septiembre, firmando ejemplares el autor en la feria del libro. Es una obra pulcramente editada por la firma Kinnamon y Javier Cacho le dedica con buen pulso merecidas alharacas por su capacidad para sumergirnos en el ambiente futurista «que sabe recrear magistralmente».

La clave, la imaginación

«La clave de Birmingham» es una colección de 136 microrrelatos que conforman una novela cimentada con la argamasa del conocimiento, la originalidad y severas dosis de imaginación. A mí se me asemeja a esos llamativos dibujos tridimensionales de impecable factura del artista holandés Escher que ofrecen visiones dobles, espacios paradójicos y perspectivas imposibles que no se explican y te rompen la lógica pero resultan muy atractivos.

Los microrrelatos están interconectados y ajustada su extensión con precisión nanométrica, es decir, perimetrados a una sola página, lo que ha debido suponer para Martínez Frías un esfuerzo añadido al ya extraordinario de su compleja elaboración.

El argumento gira en torno al «Mensaje Darwin», unas señales legadas a la humanidad por una civilización extraterrestre en forma de cristales de magnetita puestos en rocas y minerales ubicados en la Luna, Marte, la Tierra y un asteroide que tienen en común su nombre: Darwin. Estos cristales de magnetita, que colonizan nuestro cerebro a razón de millones por gramo y su activación desencadenaría un sorprendente cambio evolutivo en el ser humano, sirven a Martínez Frías para hacernos una revelación que está en la órbita orwelliana de «1984»: la telepatía tecnológica con la que se comunican los protagonistas de sus microrrelatos.

Se me erizan los islotes de Langerhans con solo pensar que algo así llegara a caer en malas manos. La telepatía es el arma inquisitorial al que aspiran todos los totalitarismos, el sueño húmedo de todo político carente de moral, ética y escrúpulos: gobernar con un polígrafo invisible enchufado a la mente de cada ciudadano para detectar al desafecto y darle matarile calagurritano.

La interesantísima novela, que arranca del futuro, de finales del siglo XXI, está escrita combinando los tres tiempos, es decir, fusiona pasado, presente y futuro en un ambiente de descubrimientos científicos que ofrece una visión insólita sobre la posible existencia de mundos avanzados allende nuestras órbitas –la terrestre y la mental– y la incursión en otras dimensiones.

Ciencia y ficción

Así explicado parece un rompecabezas, pero resulta que Martínez Frías ha doblegado la complejidad con el látigo de su dominio de la narración, haciéndola sencilla y estimulante para el lector a través de una trama bien argumentada y unos diálogos breves y precisos donde se palpan las emociones y sentimientos de sus protagonistas mientras deambulan por planos temporales y universos paralelos. Destacan en el pasado el filósofo Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, y James Hutton, uno de los padres de la geología moderna.

No sigo, no voy a destripar con mi cabritera las entrañas del libro. Los lectores han de explorarlas por sí mismos y disfrutar de esta sorprendente maquinación de Martínez Frías. Solo diré que es muy recomendable porque la novela es una obra de ciencia ficción cargada de auténtica ciencia, ficción verosímil y el misterio necesario para que la narración novelada de la nueva realidad inventada en sus páginas resulte muy didáctica y guste a todos, interesados o no en la materia. Es ciencia ficción, sí, pero con un aparatoso despliegue de ciencia verdadera. Una ciencia tan real como la inteligencia del profesor Martínez Frías y su prodigiosa imaginación, esa que mana a chorros de los anchurosos conocimientos científicos que alberga su inagotable y privilegiada molondra, probablemente ahíta de cristales de magnetita.

¡Felicidades a Jesús por el éxito de este nuevo libro!

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Nació en La Roda (Albacete) en 1958, es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y aficionado desde muy joven a la aviación y la astronáutica. Comenzó a trabajar a los 15 años y lleva ejerciendo el periodismo durante cuatro décadas en distintos medios de comunicación y diferentes sectores. Trabajó durante un lustro en el diario deportivo AS y, sucesivamente hasta la actualidad, ha sido director de las revistas Carreteras, Potencia, Canteras y Explotaciones, Equipos & Obras y OP Machinery, destinadas al mundo de la maquinaria de obras públicas, minería y construcción. Es miembro del Comité Organizador del Salón Internacional de Maquinaria de Obras Públicas, Construcción y Minería (SMOPYC), que organiza la Feria de Zaragoza. En 2010 fue galardonado con la Medalla de Honor de la Carretera, que le fue concedida ese mismo año por la Asociación Española de la Carretera por su contribución en la defensa de las carreteras españolas.