Escultura y geología | La aventura hacia la escultura de Pedro Zamorano

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Tierra y Tecnología nº 43 | Texto | Pedro Zamorano Figuras | Pedro Zamorano y Ricardo GarcíaEs habitual que los escultores utilizan la piedra natural para sus obras, pero no es frecuente que utilicen las piedras volcánicas de una isla para la realización de casi toda su obra artística. Es el caso del escultor palentino, nacido en Torquemada, Pedro Zamorano, afincado en la isla de La Gomera desde hace 31 años.

Si bien el momento que marca mi aventura hacia la escultura surge en un taller de Hondarribi, donde adquirían forma las maclas de Malewich de Jorge Oteiza, será mi llegada a La Gomera la que definirá de manera rotunda mi vocación a la escultura desde la geología. Con idea de ser escultor, llego a La Gomera en el año 1982.

tyt43zamoranoUn nuevo territorio se presentaba ante mí todavía difuso: un bosque, reliquia del terciario, me sugería que esa familia de árboles que constituye la laurisilva, podía muy bien ser el soporte de mi trabajo; por otro lado, esa orografía tallada por la erosión ponía al descubierto un enorme crisol de materiales líticos y generaba en mí una curiosidad inmensa, pues sentía por primera vez las fuerzas telúricas que han construido y construyen nuestro planeta. El vulcanismo, sin lugar a dudas, la manifestación más directa y explosiva de las fuerzas interiores de la Tierra, fue el catalizador que me hizo descubrir que ese territorio en el que transcurre nuestra existencia tiene su historia. Esta magia del vulcanismo irá modelando mi ánimo a cada paso, en cada descubrimiento de nuevos materiales. Así me convertí en un insaciable aprendiz de geólogo y aunque yo miraba el territorio con ojos de escultor, la curiosidad por adentrarme en el misterio de los materiales, su origen y su estructura, ya había prendido en mí. A partir de ese momento, geología y escultura van a ir hermanadas durante los últimos treinta años. Las palabras que Don Eliseo Izquierdo escribiera en el texto de un catálogo en el año 2000 bien expresan ya esa unidad, que luego, con el paso de los años, va a constituir un elemento diferencial y característico de mi obra:

“La Pasión de Pedro Zamorano por la escultura renació en Canarias al socaire de su vocación por la geología. Antes de llegar a La Gomera había hecho alguna obra, dice él seducido por la fresca belleza y la fuerza expresiva de la de Oteiza, los años que vivió en el País Vasco. Luego fue la decisión de dar un salto copernicano e instalarse en el otro extremo. En la isla comenzó a investigar y a descubrir, en la variedad casi inabarcable de muestras rocosas que atesora, piezas de hermosa textura, de inusitadas calidades cromáticas, de formas sugerentes. Conoció al veterano geólogo Telesforo Bravo, con quien se pateó, encandilado por tanta belleza, hasta los más apartados y olvidados senderos isleños. Pero su mirada era otra. Miraba con ojos de artista. Sus hallazgos selectivos testimonian, es verdad, el caudal extraordinario que desde la perspectiva geológica han depositado en La Gomera las convulsiones telúricas que terminaron por configurar la isla como un enorme puño crispado que surge del mar. Pero dice mucho más, sin duda, de su intuición, de su sensibilidad para atisbar con seguridad las formas encerradas en la calidad de esas piedras que parecían olvidadas para siempre entre tempestades de rocas o como restos de un inmenso naufragio y Pedro Zamorano ha ido recuperando con paciencia: basaltos de grano fino, traquitas, fonolitas, ankaramitas, gabros, Werhlitas, todo un riquísimo repertorio que sólo serían despojos minerales de remotos cataclismos y sacudidas de la tierra si la mirada certera del artista no las hubiese redimido, transfigurándolas por el arte.”

El motivo del arte: el soporte como categoría

El acercamiento al mundo del arte lo hace cada artista por un camino diferente. El arte es ante todo una opción personal. El modo en que cada artista reivindica su libertad y su creación se constituye en su identidad. Bastaría hacer un recorrido por la historia de los grandes creadores para descubrir qué motivaciones les llevaron a acercarse al mundo del arte y comprender que en cada caso hay una verdad escondida. En el mío han sido los materiales, la madera hecha escultura en las obras de Néstor Basterretxea y Remigio Mendiburu, y la piedra en las de Jorge Oteiza, quienes me llevaron a interesarme por el mundo de la escultura.

Si bien mi primera duda entre madera y piedra era en realidad una opción sobre el soporte, el material con el que realizar mi obra, muy pronto comenzará a adquirir una connotación especial. La piedra dejará de ser un mero soporte, para pasar a ser una categoría estética en mi escultura.

Desmantelada por un milenario proceso erosivo, los barrancos acuchillados de La Gomera mostraban los estratos con claridad, desnudando los materiales, toda la historia insular como un gran libro abierto. Una historia violenta donde todo ha sido sacudido, estremecido, fracturado, desplazado, soldado y alterado. Esta magnificencia es punto de referencia para mi investigación y aplicación a la escultura. Las obras van a discurrir en paralelo con una investigación y descubrimiento de los materiales geológicos de la isla, donde estructura y material establecen un juego de cesiones y complacencias mutuas. La obra será el resultado de la síntesis de material, forma y concepto.

La investigación de los materiales: el macuto del escultor

Si el geólogo toma muestras para su estudio, para analizar su estructura, composición y clasificación, el escultor lo hará para explorar su color, su textura y acabado, su pulido, su fragilidad y su dureza, así como su comportamiento en el proceso de trabajo de la escultura. Los macutos del geólogo y el escultor circulan por los mismos caminos pero sus mentes lo hacen por estratos diferentes.

Si bien esta afirmación puede ser cierta, creo que en determinados momentos una parte del escultor se hace geólogo y el geólogo mira el territorio con ojos de escultor.

Ha sido un amplio recorrido el que hemos hecho y los aspectos formales y conceptuales de la obra escultórica han corrido paralelos con los descubrimientos de una amplia diversidad de traquitas y fonolitas, de rocas a caballo entre ellas y con el basalto, rocas grises, de tonalidades verdes, ocres, rojizas, blanquecinas, violáceas, marrones… con distintas texturas y diversas oxidaciones y alteraciones; luego los basaltos, del gris acerado al negro, verdes y marrones, materiales de grano fino o con cristales, materiales frescos o alterados, con vacuolas o sin ellas; materiales del Complejo Basal de la isla, desde la sienita al gabro y la peridotita; brechas de diversa composición y coloración, vidrios volcánicos, etc., pequeño avance de inventario que nos indica el inmenso legado geológico que atesora la isla. Pero también, el descubrimiento de sus variadas oxidaciones, de sus disyunciones en forma prismática o de cáscara de cebolla que han tenido traducción explícita en mi trabajo.

Muchos caminos transitados que sistemáticamente han conducido al taller, en donde cada escultura esconde un oficio de búsquedas y encuentros, de análisis y experimentación. Si ya en la búsqueda de los materiales comienza a hacerse real la escultura, será en el taller, gran laboratorio del escultor, donde los materiales y los conceptos se encuentran y dialogan y se produce la gran metamorfosis que deviene en escultura.

El paso del tiempo

Cuando descubrimos el amasijo de diques que atraviesan el Complejo Basal gomero en el noreste de la isla, y comprobamos que en algunos momentos éstos constituyen el fundamento de la actual estructura geológica, tendemos a reconstruir todo el proceso que ha generado esa modificación e, inevitablemente, a ver nuestro planeta como un ente “vivo”.

En la geología gomera, las huellas del instante se han borrado y aparece un tiempo etéreo, irreal, eterno. Yo no sé si esto es lo que buscaba, pero ello me llevó a interpretar la realidad más allá de lo momentáneo, abstrayéndola. Una experimentación abstracta del espacio desde una mirada contemporánea que trata de mostrar las esencias que quedan como único testimonio de ese paso del tiempo.

Esta imagen del tiempo aparecía en la escultura a través de la utilización de una amplia variedad de materiales y en las abstracciones formales y conceptuales de cada una de las series; pero esto no era suficiente, esa marca del tiempo, que se expresaba con fuerza en las estructuras geológicas de las que habían salido las obras, necesitaba plasmarla en la propia escultura. Este paso del tiempo quedaba marcado en la estructura interna de las rocas, en su composición y en la alteración de sus minerales, pero más interesante desde la mirada del escultor en sus oxidaciones, aspecto que mi querido amigo Francisco Jarauta supo magníficamente exponer en el catálogo del Círculo de Bellas Artes de Madrid, en el año 2006:

“El jardín telúrico”

“Aquí todo conduce a ese bosque oxidado que se impone al espacio, como muro que sale del muro, para marcar la percepción primero y luego la conciencia. La tierra se impone en su poderosa mostración dando cuenta de su ser primero, ser mineral que se expone con su peculiar estructura de formas cuya lógica compleja suscribe la del tiempo. Una extraña sensación la que se produce al advertir tras el velo de las oxidaciones primeras la verdadera historia de la tierra. Y si ya antes la seriación del paisaje nos daba la impresión de encontrarnos ante un jardín encerrado que custodiaba conceptualmente sus restos, ahora es el paisaje mismo el que insiste en mostrar su piel oxidada, una huella que se resiste a ser sublimada sea cual sea la dignidad de la intención. La herida del tiempo se convierte ahora en la única piel real, en la que se inscribe cifrado el irreversible paso del tiempo.

Entre este jardín y aquel bosque media la certeza de un tiempo que nos aleja de toda complaciente resignación. Y mostrarla es algo más que un deber. Guai ai gelidi mostri!”

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