EL GEÓLOGO de Paul Theroux

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Ed. Alfaguara  2023, 387pp

El conocido autor Paul Theroux (1941) nos lleva a Littleford (un pueblo ficticio de Nueva Inglaterra, en Estados Unidos) donde nos sumerge en una atmósfera aburrida y chismosa que a cualquier joven inquieto y aventurero le invitaría a escapar a la primera oportunidad. Si, además, este joven tiene un hermano odioso que le hace la vida imposible es seguro que no se quedará mucho tiempo en este lugar. Así es como nos presenta esta novela el autor de obras tan conocidas como “La costa de los mosquitos” (1981).

Sin embargo, para los geólogos esta obra tiene especial interés por varias razones. La primera es que este joven, Cal, es geólogo y gracias a su profesión puede huir de su tedioso pueblo y de su insoportable hermano, Frank, que es abogado, pero no un abogado cualquiera. Theroux crea un personaje que se gana la vida a base de buscar negligencias y accidentes e intentar magnificarlos. Con lo cual desde un primer momento es fácil situarse a favor de Cal, a pesar de que puede parecer un poco paranoico en algunos pasajes del libro.

Se trata de una historia, como todas las buenas historias, que ya está escrita. No es, ni más ni menos, que la repetición de un clásico como puede ser el mito romano de Rómulo y Remo o, de una manera más genérica, la historia de dos hermanos y el odio de uno hacia el otro, como la de Caín y Abel.

La segunda cuestión de interés para los geólogos es muy evidente, se trata del título en español de la novela. Sin embargo, hay que decir que el título original es “The Bad Angels Brothers”, título con el que a lo largo de toda la novela se hace un juego de palabras con el apellido de los dos hermanos: Belanger.  En “El geólogo” se crea desde un primer momento la necesidad de viajar para huir, pero también para descubrir la geología del mundo y los grandes yacimientos minerales y las gemas y piedras preciosas que están esperando a ser encontradas por cualquier geólogo. Esta necesidad de viajar es una constante del autor que tiene libros maravillosos de viajes como “El gran bazar del ferrocarril” (1975) donde describe un viaje en tren desde Londres hasta Tokio, lo que para cualquier amante del ferrocarril supone una delicia.

El estilo de Paul Theroux es muy personal y puede que no guste a todo el mundo, por predecible, pero a los geólogos los gana con sus descripciones de los afloramientos y los depósitos minerales (en algún momento con deficientes traducciones en la versión española, !qué pena¡) y a casi todo lector elegante lo gana con su pasión por el ferrocarril, aunque esta faceta no se muestra en “El geólogo”.

Y hay una tercera razón que la hace muy interesante para los geólogos, Y no solo para los geólogos. Se trata de la denuncia que hace Theroux de los niños mineros que existen en muchos países, en este caso de la República Democrática del Congo. Lamentablemente, se queda en la superficie, algo entendible ya que es un detalle en su novela y no el fin de la misma.

Pero, aprovechando que Paul Theroux muestra esta situación, es obligatorio denunciar la gran hipocresía a la que está sometida la actual sociedad.

La corriente de pensamiento predominante en el mundo occidental insiste en temas tan importantes como el cuidado del planeta y la protección de la mujer para lo cual se convocan grandes cumbres del clima, se crean agendas y una larga lista de proyectos muy bien intencionados. Sin embargo, a nadie le importa que una parte importante de las tierras raras, el cobalto o el coltán se extraen gracias a una minería artesanal infantil que forma parte de la cadena de suministros de la minería industrial (particularmente relacionada con empresas mineras chinas). Y que estos minerales suelen extraerse siguiendo el filón por pequeñas cavidades, tan pequeñas que solo hay algo mejor que un niño para introducirse en ellas: una niña.

Y que por mucho que se miren las leyes y las subvenciones que promueven el coche eléctrico no dicen nada de que estos minerales esenciales son extraídos, en una alarmante proporción, por niños. Ni de que para procesarlos, China, su mayor productor, utiliza ingentes cantidades de carbón.

Y estas mismas leyes y subvenciones no dicen que en un país tan avanzado como España, donde no existe la minería artesanal infantil (muy al contrario se ha primado un sistema de minería muy garantista con el medio ambiente y el ser humano), se haya prohibido la simple investigación de hidrocarburos o se haya prohibido extraer estos importantes minerales por los gobiernos de sus diferentes regiones. Y esto es así porque, evidentemente, la extracción en la República Democrática del Congo y el procesado en China no quita votos en Extremadura ni en Castilla La Mancha, como ejemplos de gobiernos regionales que han parado importantes proyectos mineros en los que no habría niños trabajando y si habría un control medioambiental exhaustivo.

Y esta es la gran virtud de este libro, nombrar, aunque sea de manera somera, esta gran mentira que permite que niños muy pequeños sean los que proporcionen los teléfonos móviles y las baterías recargables de los coches eléctricos de esta sociedad tan comprometida.