La geología y su expresión gráfica

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Figura 5. La captura del río Estena.

Tierra y Tecnología nº 41 | Texto | S. Martín-Serrano López, ilustrador e IT Forestal, y A. Martín-Serrano García, geólogo | Se pone de manifiesto la necesidad de acompañar los trabajos profesionales científicos y de divulgación con imágenes e ilustraciones que contribuyan a aclarar lo expresado en el texto. El dibujo, inherente al desarrollo científico, ha sido una materia olvidada en los planes de enseñanza de la geología y, consecuentemente, esa circunstancia suele reflejarse en los textos geológicos. Esta breve reseña trata de alertar sobre esa carencia y fomentar su uso.

Figura 1. El plegamiento varisco.
Figura 1. El plegamiento varisco.

Afirmar que el dibujo ha sido y continúa siendo importante en el desarrollo de la ciencia no deja de ser una obviedad. Por poner ejemplos personalizados y sabidos: Leonardo da Vinci, excepcional artista y genio del Renacimiento, y Ramón y Cajal, nuestro primer científico universal y extraordinario acuarelista que plasmó de esa manera gran parte de sus descubrimientos. Existen muchos otros, más o menos conocidos y anónimos. El dibujo ha estado tradicionalmente ligado a las exploraciones científicas.

Los cuadernos de viaje de los grandes naturalistas están plagados de ilustraciones, propias o de profesionales incorporados a la expedición. Recordar, por su reciente notoriedad como consecuencia del centenario de la desgraciada aventura, a Edgard Adrian Wilson, zoólogo y dibujante de la expedición liderada por Scott, fallecido en 1912, con él y con Bowers, cerca del Polo Sur. Curiosamente, a pesar de la fotografía, estos dibujantes profesionales aún siguen incorporándose a las expediciones modernas y actuales. Prescindiendo del romanticismo que conlleva su presencia, la explicación podría estar en que mediante una fotografía es difícil lograr la abstracción con la que se plasma una idea. Y es que el dibujo actual convive muy bien no solo con la fotografía sino también con las tecnologías gráficas más recientes. Se apoya y se beneficia de ellas. Se sigue dibujando como antes, única y sencillamente ha cambiado la herramienta.

Figura 2. El relieve apalachiano de los Montes de Toledo.
Figura 2. El relieve apalachiano de los Montes de Toledo.

Quizás por todo lo anterior, resulta sorprendente que en los planes de estudio de la enseñanza universitaria de las ciencias naturales, y en concreto de la geología, no se incluya al dibujo como asignatura, tal como ocurre en la ingeniería. La geología es territorio, es paisaje y espacio. No es una ciencia abstracta en sentido estricto, pues se trata en lo fundamental de una disciplina visible con tres, o mejor dicho, con el tiempo, cuatro dimensiones. La enseñanza del dibujo ayuda a mejorar la visión espacial y, por añadidura, su expresión a través de la representación gráfica. La transmisión del conocimiento y la divulgación del mismo tienen a veces muchas dificultades, y no especialmente por las cualidades del trasmisor, sino por la dificultad en expresar la idea que se quiere comunicar. Esa

Figura 3. Las rañas a uno y otro lado de los Montes de Toledo.
Figura 3. Las rañas a uno y otro lado de los Montes de Toledo.

circunstancia puede traducirse en un texto engorroso cuando mediante una imagen quedaría solucionado; más aún, si el objetivo es mostrarlo a personas no iniciadas. De ahí, la importancia de compensar y apoyar la comunicación de cualquier texto de la información, científica o divulgativa, mediante unas imágenes explícitas.

Figura 4. El suelo-tipo de la raña.
Figura 4. El suelo-tipo de la raña.

Un buen ejemplo para apoyar lo dicho podría ser la geología y geomorfología relacionada con las singularidades de un paisaje cercano: los Montes de Toledo en la Meseta central. Mediante imágenes no necesariamente complejas se puede explicar mejor desde su estructura geológica hasta la actual fisonomía de su paisaje a partir de una brevísima descripción de sus rasgos principales.

Los Montes de Toledo constituyen una comarca moderadamente montañosa, reflejo directo de su estructura geológica. Esta es el resultado del plegamiento de sedimentos de edad paleozoica por la orogenia varisca (figura 1). Se trata de un relieve de resistencia a la erosión donde las capas de cuarcita dan lugar a las sierras, mientras que las pizarras forman los valles, ambos alargados y alternantes. Las sierras son muy netas y tiene como rasgo principal la isoaltitud de sus cumbres, fruto del desarrollo previo de una superficie de erosión. Es un relieve tipo apalachiano o apalachiense (figura 2).

Los valles más importantes son anchos, planos y presentan una delgada cubierta de sedimentos que comúnmente se llaman rañas. Estas, cuando están localizadas en el oeste, constituyen mesas colgadas sobre los ríos actuales y sus terrazas. El término raña es un topónimo de los Montes de Toledo y Extremadura que se utiliza para definir cualquier altiplanicie pedregosa (figura 3). Geológicamente, son aluviones antiguos constituidos por conglomerados cuarcíticos de poco espesor. Se encuentran afectados por un proceso de alteración que argiliza los clastos de pizarra y desagrega los de cuarcita y arenisca reduciéndolos de tamaño, segrega y moviliza oxihidróxidos, sílice y otros elementos químicos y modifica los minerales arcillosos (figura 4).

Figura 5. La captura del río Estena.
Figura 5. La captura del río Estena.

El resultado es un suelo muy evolucionado (Espejo, 1981). El retroceso de las cabeceras de la red fluvial de los ríos que vierten al Atlántico ha dado lugar a una marcada asimetría en los Montes de Toledo, con una altimetría orográfica mucho más contrastada en el oeste. De manera concreta, esa circunstancia origina fenómenos de captura fluvial. El ejemplo más espectacular es el del valle de Retuerta-Navas de Estena, con los ríos Estena y Bullaque de protagonistas, pues ambos ríos están ubicados en la misma depresión definida por una única estructura geológica (Martín-Serrano et al., 2006). Ahora, los ríos salen por lugares distintos, cada uno se ha buscado un portillo par escapar de esta cuenca cerrada por las cuarcitas (figura 5).