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José Luis González García – Vocal de Relaciones Institucionales del ICOG
Catástrofes

  17/11/2005 De vez en cuando, las visiones apocalípticas sobre el destino de la humanidad cobran fuerza y actualmente parece que estamos asistiendo al apogeo de este tipo de especulaciones, promovidas por una sucesión de catástrofes ocurridas en los últimos meses, tales como el tsunami de Asia, las inundaciones del huracán Katrina o el terremoto de Pakistán y, por si fuera poco, ahora estamos en plena inquietud y temor ante la posibilidad de que la cepa H5N1 del virus de la gripe aviar, se recombine con el virus de la gripe humana y aparezca una devastadora pandemia.

Predicciones sobre el fin de los tiempos han existido desde siempre. El monje italiano Joaquín de Fiore vaticinó que el mundo acabaría en 1260, y los taboritas de Bohemia lo calcularon para 1420. Más recientemente, ha habido multitud de predicciones apocalípticas, con ocasión de sucesos catastróficos o por la simple formulación de interpretaciones pesimistas por parte de iglesias adventistas y otras sectas.

Pero lo más sorprendente es que estas visiones llegan a influir en los medios de comunicación, que empiezan a emplear una curiosa nomenclatura apocalíptica para referirse a los desastres naturales. Hablan de cataclismos sin precedentes, calamidades inesperadas o de naturaleza “asesina”. Y parece como si mediante esta terminología se estuviera reconduciendo el problema de los peligros naturales a la fenomenología física, relegando los factores humanos y económicos a posiciones marginales y olvidándose que el fenómeno de los desastres no obedece exclusivamente a la existencia de eventos físicos o naturales extremos, sino a los modelos imperantes de desarrollo.

No se deberían infravalorar las amenazas venideras, con fenómenos preocupantes como el cambio climático o la aparición de nuevas cepas que pueden poner en jaque a nuestro sistema inmunitario. Pero el riesgo de las catástrofes no está solo en los peligros naturales sino en nosotros mismos, es decir, el riesgo se produce cuando se rompe el equilibrio entre el hombre y la naturaleza y no porque la naturaleza tenga inclinaciones asesinas.

La percepción del riesgo es un proceso complejo y el hombre, de forma instintiva, tiende a considerar que el riesgo siempre es un asunto de otros. Por eso, casi todas las personas consideran que conducen su vehículo mejor que el promedio o que tienen menos probabilidades de sufrir un ataque cardiaco que el resto.

En el asunto de las catástrofes la percepción es similar y a pesar de la preocupación y alarma que generan estas noticias, se siguen considerando situaciones extremas y condicionadas por parámetros físicos. Es una forma de desplazar, al menos en parte, la responsabilidad social y culpar a la naturaleza del origen de estos sucesos. El propio término de “natural”, que suele acompañar a la palabra catástrofe o desastre, así parece justificarlo. Pero estas situaciones no deberían conceptualizarse desde el punto de vista de la causa física, sino por la existencia de fallos en los sistemas sociales.

La tentación de culpar a la naturaleza de las catástrofes sigue existiendo, probablemente por motivos culturales y sociales que tienen sus raíces en los temores del hombre ante las fuerzas de la naturaleza. Pero mientras este enfoque persista será difícil que las políticas preventivas tengan éxito y seguiremos asistiendo, desgraciadamente, a procesos desordenados de ocupación del suelo, ausentes de equilibrio entre el hombre y la naturaleza.

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